Juego de tronos, ¿un gran logro para la filosofía?
Patrice Bollon
La serie televisiva de fantasía heroica, que concluyó con un desenlace ambiguo al final de su octava temporada, ha sido objeto de juicios ditirámbicos por parte de algunos "filósofos" que la ven como una "lección gigante de pensamiento moral y político”. ¿Es razonable?
 |
| Foto : Juego de tronos (Temporada 1, episodio 9 : Baelor), realizad por Alan Taylor © HBO/BBQ_DFY/Aurimages. |
Cuando, al comienzo de
Juego de Tronos, Robert Baratheon, el rey de Westeros, el Continente del Oeste, que ocupa el codiciado Trono de Hierro, propone a Ned Stark, el gobernador de Invernalia, convertirse en su “Mano”, su Primer Ministro de alguna manera, ¿qué se esperaba de él? El asunto es importante; el rey se dirige especialmente con la reina Cersei y su corte al castillo de Invernalia, situado muy lejos, al norte de Port-Royal, la capital de Westeros, para hacerle personalmente la propuesta a Ned. En efecto, el monarca sabe que Jon Arryn, su precedente Mano, no había muerto enfermo, sino que había sido envenenado por otros pretendientes al poder. Busca entonces apoyo cerca de Ned. Catelyn, la mujer de este último, no se entusiasma: si su marido toma esa función, tiene que dejar Invernalia para instalarse en Port-Réal. Él la había engañado en circunstancias similares, dando nacimiento a un bastardo, Jon Snow. Sobre todo, Catelyn está convencida de que Port-Réal es un lugar maldito para los Stark. El padre de Ned y sus hermanos habían sido asesinados allí. Pero Ned no duda un instante: ha jurado fidelidad al Rey y Robert es un viejo compañero de armas. Aceptar o negar su oferta no es una cuestión que se plantea: actúa en virtud de una moral del deber “deontológico”, como la hubiese referido, en nuestra tradición filosófica, Kant.